| ¿Que europeismo? |
|
|
|
| Escrito por Gerardo Pisarello y Jaume Asens | |
| jueves, 19 de junio de 2008 | |
|
(Publicado en diario Publico, el 19 de Mayo de 2008)
Bertolt Brecht (1953)
Esta manera de
plantear las cosas insulta aún más la inteligencia cuando los acuerdos
alcanzados en el entramado institucional estatal-comunitario pretenden
hacerse pasar por la voluntad de los “pueblos europeos”. Así, si el
parlamento de un Estado ratifica un tratado, el resultado se endosa de
manera inmediata y sin fisuras a todos y cada uno de los habitantes de
dicho país. Da igual que el apoyo parlamentario se haya producido por
escaso margen; que la mayoría de ciudadanos e incluso de diputados no
tenga conocimiento del texto en cuestión –como ocurrió en Hungría a
propósito del Tratado de Lisboa–; o que el aparente consenso partidista
resulte controvertido en las urnas, como pasó en el caso francés. En
cambio, cuando millones de ciudadanos no votan o deciden votar contra
un tratado europeo, la lectura dominante es que unos pocos miles de
personas no pueden frustrar la voluntad de 500 millones que, aun no
habiendo sido consultados, ya han pasado, por arte de birlibirloque, a
engrosar la lista del europeísmo incondicional.
Es difícil saber qué tendría que ocurrir para que las clases dirigentes europeas admitieran la profunda desafección que el proceso de integración está generando como producto de su persistente deriva antidemocrática y antisocial. Por lo pronto, su primera reacción ante el resultado irlandés no ha sido proponer el retiro de la Directiva sobre el tiempo de trabajo, un mayor control de los paraísos fiscales, el impulso de una armonización al alza de los estándares normativos sociales y ambientales o la apertura de un auténtico proceso de democratización que supusiera, como mínimo, la elección de una asamblea constituyente con capacidad para discutir en serio las políticas hoy en curso. Por el contrario, lo que se ha producido es la escenificación, sin rubores, del mismo sonsonete machacón de siempre: hay que olvidarse de las urnas y seguir con las ratificaciones como si nada. No hay Plan B concebible, es esto o el estancamiento, somos nosotros o el caos. ¿Hasta cuándo podrá este imperturbable desprecio por las señales de la calle invocar el nombre de Europa? ¿Por cuánto tiempo podrá alguien con genuinos impulsos solidarios e internacionalistas identificarse con el europeísmo romo que practican los ejecutivos estatales y la burocracia comunitaria? ¿No sería más genuino un europeísmo que, siguiendo la mejor tradición ilustrada, se atreviera a criticar sin complejos un proyecto empeñado en avanzar a través de sus peores vicios? Gerardo Pisarello es profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Barcelona |
|
| Modificado el ( jueves, 19 de junio de 2008 ) |
| < Anterior | Siguiente > |
|---|






