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El 20 de abril el dirigente comunista Julian
Grimau es asesinado por un pelotón de fusilamiento. Había sido detenido
a finales de 1962, sufrió graves lesiones durante los interrogatorios
al ser lanzado esposado por la ventana de la comisaría. Tras un juicio
militar es condenado a muerte y fusilado en Madrid. Su causa se
convierte en un símbolo contra el franquismo. El Partido Comunista
extendió las protestas por todo el mundo pero Franco no cedió ante las
presiones internacionales que llegaron de múltiples instancias, desde
el papa Juan XXIII hasta el líder soviético Nikita Kruschev. El
ministro de Información era Manuel Fraga Iribarne.
Grimau fue detenido en noviembre de 1962. La detención se produjo en un
autobús en el que viajaban únicamente él y otros dos pasajeros, que
resultaron ser agentes de la Brigada Político-Social (policía
política). Obviamente, había sido delatado. Fue conducido a la
Dirección General de Seguridad, situada en la madrileña Puerta del Sol,
en el edificio conocido como Casa del Reloj, que hoy es sede del
gobierno de la Comunidad de Madrid. Allí cayó por la ventana desde un
segundo piso a un callejón, lo que le ocasionó graves lesiones en el
cráneo y en ambas muñecas. Grimau explicó este hecho a su abogado
declarando que en un momento dado de la sesión de tortura a la que fue
sometido por sus interrogadores, le agarraron y le arrojaron por la
ventana, esposado con las manos delante, razón por la cual se fracturó
la frente y las muñecas. La policía política, por boca del ministro de
Información Manuel Fraga Iribarne, declaró por el contrario que Grimau
recibió un trato exquisito y que en un momento de su interrogatorio se
encaramó a una silla, abrió la ventana y se arrojó por ella de forma
"inexplicable" y por voluntad propia. Poco probable ya que se solía
esposar al reo a la propia silla. Frente a todas las previsiones,
Grimau no fue acusado por su militancia clandestina (lo que le habría
valido una condena a prisión) sino por su actividad durante la guerra
civil. Fue la última persona procesada y condenada en España como
consecuencia de la guerra. La razón de ello es que, probablemente, el
régimen quiso dar una lección a la oposición en un momento en el que
existía una ola de alta conflictividad social y política. Grimau fue
acusado por su trabajo como policía durante la guerra civil. Esa
actividad, como todas las ejercidas por miembros de la administración
republicana durante la guerra, era calificada de delito de rebelión
militar. Aunque el delito se consiguiese probar, técnicamente había
prescrito tras los 25 años transcurridos. El tribunal debía probar
entonces que se trataba de un delito continuado. En concreto, a Grimau
se le imputaban torturas y asesinatos en una checa (centro de detención
político) de Barcelona. Dicha imputación, que no fue demostrada en el
juicio, se le ha hecho también desde sectores anarquistas, que le
acusan de haber sido un prominente miembro del Servicio de Información
Militar (SIM) y de haber dirigido la represión contra los acusados del
asesinato del agente del SIM Leon Narwicz en 1938. No parece sin
embargo que existan pruebas documentales de ello. Además, estas fuentes
sitúan la actividad de Grimau en Madrid, no en Barcelona. Sin embargo,
a pesar de lo anterior, Jorge Semprún (Federico Sánchez), miembro del
Comité Ejecutivo del PCE, escribió en su Autobiografía de Federico
Sánchez lo siguiente:
A raíz de su detención [de Grimau], y sobre todo después de su
asesinato, cuando participé en la elaboración del libro (Julián Grimau
— El hombre — El crimen — La protesta, Éditions Sociales, 1963) que el
Partido consagró a su memoria, fui conociendo algunos aspectos de su
vida que ignoraba por completo mientras trabajaba con él en la
clandestinidad madrileña. Así, por ejemplo, yo no sabía que Julián
Grimau, pocas semanas después de comenzada la guerra civil, cuando
todavía era miembro del Partido Republicano Federal —sólo se hizo
comunista en octubre de 1936—, había ingresado en los Cuerpos de
Seguridad de la República, trabajando primero en la Brigada Criminal de
la policía de Madrid. Un día, mientras preparábamos la confección del
libro ya citado, Fernando Claudín, bastante desconcertado y con
evidente malestar y disgusto, me enseñó un testimonio sobre Grimau que
acababa de recibirse de América Latina. Allí se exponía con bastante
detalle la labor de Grimau en Barcelona, en la lucha contra los agentes
de la Quinta Columna franquista, pero también —y eso era lo que
provocaba el malestar de Claudín— en la lucha contra el POUM. No
conservo copia de dicho documento y no recuerdo exactamente los
detalles de esta última faceta de la actividad de Grimau, que el
testigo de América Latina reseñaba como si tal cosa, con pelos y
señales. Sé únicamente que la participación de Grimau en la represión
contra el POUM quedaba claramente establecida por aquel testimonio, que
fue edulcorado y censurado en sus aspectos más problemáticos, antes de
publicarse muy extractado en el libro al que ya he aludido.
Grimau fue procesado por un tribunal militar. No existían apenas en
España militares con formación jurídica, por lo que bastaba con que
fuera abogado el ponente o fiscal, encargado de asesorar a los
presidentes del tribunal. En el caso del juicio a Grimau, ejerció de
fiscal un habitual de los juicios políticos, Manuel Fernández Martín,
que en realidad nunca había estudiado Derecho y desempeñaba el cargo,
como muchas otras personas en la época, gracias a que podía declarar
que sus títulos "se habían quemado durante la guerra" (fue
desenmascarado un año más tarde, tras décadas de ejercicio, y condenado
a prisión). El defensor era la única persona con formación jurídica de
la sala: el teniente abogado Alejandro Rebollo (que sería diputado años
después), a quien la defensa de Grimau le costaría el puesto.
El juicio se celebró en los juzgados militares de Madrid el jueves
18 de abril de 1963, con la sala atestada de periodistas. Para Rebollo,
el juicio era nulo de pleno derecho (de acuerdo incluso con las leyes
políticas de la época y aun sin saber que el ponente era un impostor).
Los delitos de torturas no fueron probados: los testigos de la
acusación declararon que conocían los crímenes del acusado "de oídas",
es decir a través de rumores o testimonios de terceros que no podían
comprobarse. Sólo estaba probado que, efectivamente, fue polícía. El
delito continuado de rebelión era improbable dado que Grimau había
pasado más de 20 años fuera de España tras el fin de la guerra y no
existían indicios de su presencia clandestina en el país durante ese
tiempo. El fiscal cortó en numerosas ocasiones las declaraciones del
acusado y del propio abogado defensor, cuyo alegato no fue tenido en
cuenta. Tras apenas cinco horas de juicio, sin deliberación, se dictó
como estaba previsto la condena a muerte.
En realidad, el juicio por "rebelión militar", en el que se
aplicaba la Ley de Responsabilidades Políticas de 1938, hacía
previsible la sentencia. Este tipo de juicios sumarísimos en aplicación
de una ley creada específicamente para aniquilar a los republicanos no
se producía desde los años inmediatamente posteriores a la guerra. En
su periodo de apogeo, acababan invariablemente con una sentencia de
muerte, tanto que a menudo los bedeles del tribunal se permitían hacer
sin reparos una broma macabra que se hizo famosa: "que pase la viuda
del acusado". El fiscal Fernández Martín actuaba con frecuencia en
estos juicios y su afición a la pena de muerte era también famosa.
Por otro lado, el Consejo de Ministros del 1 de abril de aquel año
1963 había aprobado la creación del Tribunal de Orden Público, que
pretendía dar carpetazo definitivamente a la legislación represiva
aprobada en el marco de la guerra civil. A Grimau le habría
correspondido ser juzgado por este tribunal, que no habría dictado pena
de muerte sino de prisión. Por ello, para asegurarse de que Grimau
sería ejecutado, Franco dispuso que la entrada en vigor de la ley se
retrasara hasta después del fusilamiento.
La presión internacional
Precisamente por lo inusitado del procedimiento, eco de una guerra
que por otro lado el franquismo parecía querer enterrar (comenzaban a
prepararse los actos de los "veinticinco años de paz"), y porque se
esperaba lo peor, desde el anuncio de los cargos contra Grimau se
desató una reacción internacional de protesta y presión sin precedentes
en ningún aspecto relacionado con España. La prensa internacional volcó
su atención sobre el caso Grimau y hubo manifestaciones multitudinarias
en varias capitales europeas y latinoamericanas. En algunos puertos,
los estibadores se negaban a descargar los barcos españoles, y más de
800.000 telegramas llegaron a Madrid pidiendo la paralización de lo que
consideraban un juicio farsa. La presión no pareció afectar al
Caudillo, que en su línea habitual la atribuyó a una "conspiración
masónico-izquierdista con la clase política". Manuel Fraga, en su
calidad de ministro de Información y Turismo, inició una intensa
campaña dirigida a la prensa internacional atribuyendo a Grimau los
mayores crímenes.
Tras la lectura de la sentencia, sólo cabía la posibilidad de que
Franco conmutara la pena por otra de prisión. Numerosos jefes de Estado
se pusieron en comunicación con él para hacerle esta petición, entre
ellos el papa Juan XXIII y el líder soviético Nikita Jrushchov, lo que
tampoco tenía precedentes: era la primera vez que un dirigente
soviético se dirigía oficialmente al régimen franquista. Dentro de
España, algunas personalidades cercanas al régimen pidieron también
clemencia. El Consejo de Ministros, formado por 17 personas, se reunió
el 19 de abril. Duró diez horas, aunque al parecer sólo Fernando
Castiella, titular de Exteriores, y Vicente Fernández Bascarán,
subsecretario del Ministerio de la Gobernación y ministro en funciones
aquel día, manifestaron su oposición a la ejecución de la sentencia,
alarmados por la presión internacional y las consecuencias que podía
tener en la política exterior española. Su oposición fue sin embargo
más bien tímida, ya que Franco finalmente exigió una votación y la
decisión de firmar la sentencia se tomó por unanimidad.
Muerte de Grimau
Julián Grimau, entre tanto, pasaba en el cuartel militar del barrio
de Campamento sus horas de capilla, es decir, las previas a la
ejecución de la pena, en compañía de su abogado, de acuerdo con las
ordenanzas militares. Hacia las 5 de la madrugada del 20 de abril, fue
trasladado en una furgoneta al campo de tiro del cuartel, donde debía
ejecutarse el fusilamiento. En principio, correspondía a la Guardia
Civil formar el pelotón, pero sus mandos se negaron a hacerlo. El
capitán general de Madrid rehusó también que el pelotón fuera integrado
por militares de carrera, que era la segunda opción. Parece ser que fue
el propio Franco quien dio la orden de que los ejecutores de Grimau
fueran soldados de reemplazo, y así se hizo. Jóvenes, asustados y sin
experiencia de tiro, según los testigos, dispararon a Grimau 27 balas
sin lograr acabar con su vida. Fue el teniente que mandaba el pelotón
quien hubo de rematar a Grimau de dos tiros en la cabeza. Según confesó
años más tarde a la familia del fallecido, este acto le persiguió
durante toda su vida, hasta el punto de que acabó sus días en un
psiquiátrico. Julián Grimau fue enterrado en el cementerio civil de
Madrid.
Otros datos
Impactada por la muerte de Grimau, la artista chilena Violeta Parra
dedicó versos de su canción '¿Que dirá el Santo Padre?' publicada en el
trabajo Recordando a Chile (Una Chilena en París) de 1965. "El que
oficia la muerte como un verdugo tranquilo está tomando su desayuno.
Lindo se dará el trigo por los sembraos regaos con tu sangre Julián
Grimau"
HOMENAJE A JULIAN GRIMAU
Video 1 (Violeta Parra)
Video 2 (Quilapayun)
Video 3(Raices Andinas)
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