| Las ataduras |
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| Escrito por Jose Bergamin | |
| jueves, 17 de abril de 2008 | |
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(Artículo publicado hace treinta años en la revista "Sábado Gráfico", núm. 1.088, Abril, 1978)
Ni "después de
mí, el caos", ni el diluvio (cosas que pueden ser fecundas) fue lo que
dijo Franco, antes de morir, para tranquilizar a los españoles, sino
después de mí, las ataduras. "Atado, bien atado", quedaría todo después
de su muerte. Ataduras para garantizarle a los españoles la estabilidad
permanente. Se refería a la perdurabilidad inmovilizadora del orden
establecido por su régimen gobernante, reinante, imperante. Y aunque
éste fuese, como lo fue durante su vida, ''personal e intransferible'',
trató de transferirlo, para después de su muerte, personalmente en
otro. A este orden político, cargado y recargado de supersticiosos
formalismos de legalidad, se le dieron dos nombres propios o adecuados
para definirlo y determinarlo: uno, imaginativo, de "reino sin Rey", y
otro jurídico-político, de "democracia orgánica", pero como forma de
gobernar "a la española" monárquicamente. Practicó ese poder monárquico
tan real Franco con más absolutismo tal vez que lo hizo en España
ningún rey. Apartemos ahora de nuestro recuerdo aquella ceremonia televisada, que todos vimos, de una supuesta transmisión de no se sabe qué "derechos reales" que hizo el legítimo heredero de la monarquía borbónica don Juan en su hijo don Juan Carlos. Su misma prudentísima y modestísima —y aún doméstica— expresión espectacular, cuidadosamente velada o vigilada por el Gobierno (enteramente ausente de ella), la volvía insignificante. Tanto, que ni siquiera le ha servido al Rey don Juan Carlos para mitigar ni disimular su justa, justísima impaciencia, para que se le constituya, y no sólo se le haya graciosamente instituido, como Rey. Don Juan Carlos tiene toda la razón, "tiene muchísima razón" (como el personaje famoso del célebre sainete zarzuelero) de querer que se le constituya Rey: de ser Rey constitucional de España y no sólo instituido por el mágico y milagrero poder que efectivamente le instituyó; lo que todavía el pueblo español no ha reconocido ni aceptado expresamente (aunque se suponga que tácitamente lo haga: que esto, por muy prudente, y aún políticamente discreto y razonable que sea, no es más que una suposición, tal vez temeraria). Y en esto estamos los españoles (lo digamos o no) en la duda y en las dudas de que esa constituyente constitucionalidad de la forma de gobierno monárquica, por accidental o accidentalizable (la que siempre acaba por algún accidente, generalmente desgraciado) se constituya en sustancial y hasta en consustancial (como se dijo) de España o con España, por expresa voluntad popular. De monarquías accidentalistas y accidentadísimas ya tuvimos bastantes los españoles. De relampagueantes repúblicas sustancialmente accidentadas, muy pocas: dos. ¿Tendrá también razón, "muchísima razón", el presidente Arias, en prever perogrullescamente para España una democrática Constitución política "a la española"? ¿En españolizar todavía más y mejor la ''democracia orgánica'' de Franco para que funcione más y mejor cada vez —o, sencillamente, para que funcione—? O sea, para que continúe funcionando sin funcionar como hasta ahora. Porque hasta ahora, al parecer no se ha dado ni un solo paso fuera de ella; de su omnipotente invisibilidad paralizante y totalizadora; sino es el de tratar de reformarla, aumentándola y corrigiéndola para su mejor estabilidad total. De esto y de algunas cosas, que son como no son, seguiremos hablando otro día. No muy lejano, por si acaso. |
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| Modificado el ( jueves, 17 de abril de 2008 ) |
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