| Ferrer i Guardia, la lucha por una nueva cultura |
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| Escrito por Caterina Lloret | |
| martes, 04 de marzo de 2008 | |
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Ahora que ya parece posible la recuperación de nuestra memoria
histórica, podemos reflexionar abiertamente sobre una serie de hechos y
asumir la historia como pasado. Pero estos acontecimientos, aún
tratados con objetividad, no pueden ser neutrales porque se sitúan y
cobran significado en relación a unos momentos de avance o de retroceso
de la lucha de clases y su análisis no puede ser ajeno a una toma de
posición en el presente. ¿Quién fue en realidad el autor de la Escuela Moderna? No podemos limitarnos a tematizar el momento de su muerte ni situarlo a nivel de puro símbolo, pero no deja de ser una tarea difícil la de definir una personalidad tan contradictoria como la suya. No ya por lo accidentado de su biografía sino porque en la realización práctica de la Escuela Moderna como en la exposición teófica de su experiencia se reflejan en una mezcla un tanto confusa las influencias de diversas corrientes políticas e ideológicas del momento. Podemos hablar en primer lugar de elementos de radicalismo republicano presentes en su denuncia de los aspectos más retrógrados y opresivos de la Iglesia y del Estado. La Iglesia actuaba como aliado de las clases sociales más conservadoras por cuanto justificaba el mantenimiento de los privilegios y de una ideología dogmática y autoritaria que se oponía a cualquier avance crítico, científico o social; su interés iba especialmente dirigido a conservar y extender el control del incipiente aparato escolar de la época. Estas características entraban en contradicción con la necesidad de la burguesía, en la mayoría de los países europeos, de "racionalizar" la enseñanza e intentar una nueva pedagogía "científica" apoyada en el positivismo. Pero lo que en otros casos dio lugar a un tipo de escuela laica con pretensiones de neutralidad pero que suscribía de hecho la nueva ideología del Estado burgués, en Ferrer tomó la forma de combate abierto a la función institucional de la Iglesia, enlazándose con una tradición anticlerical muy arraigada en sectores pequeño burgueses y populares del país que tomaban a la Iglesia como enemigo de clase. Junto al ataque de Ferrer i Guardia al obscurantismo religioso iba también su afán de potenciar al máximo la divulgación de una nueva concepción materialista de la naturaleza a partir de la introducción del darwinismo y del pensamiento evolucionista en el estudio de las ciencias. En este sentido sigue la línea de pensamiento de Elisée Reclús (científico y combáteme en la Comuna de París, autor de Evolución y Revolución y El Hombre y la Tierra), según la cual, la ciencia, si se libera de su carga ideológica, se convierte en un elemento básico de progreso. Sus obras fueron ampliamente difundadas por la Editorial de la Escuela Moderna, como también lo fue Ernst Haeckel (Los enigmas del Universo), presente en los libros de lectura de la escuela. Ferrer sobrevalora las posibilidades de la ciencia porque ve en el materialismo positivista de la época una ruptura con la ciencia anterior y la cree libre de una determinación de clase. No llega a profundizar en estas cuestiones pero tampoco cae totalmente en la trampa de considerar la ciencia como un bien o como un fin en sí misma. De hecho le vemos tomar una actitud bastante pragmática al respecto: desconfía de los progresos técnicos realizados, bajo el poder de las clases dominantes y toma como válidos los postulados científicos cuando ve en ellos un apoyo a la posibilidad de emancipación. Utiliza la ciencia para combatir la religión y asume los presupuestos naturalistas para rechazar el desequilibrio social existente como antinatural. Ferrer i Guardia espera de la ciencia la liberación del niño pero se muestra escéptico en cuanto a los límites de la utilización de esta ciencia dentro de las estructuras existentes. Escribe refiriéndose a las autoridades académicas: Del mismo modo que han sabido arreglarse cuando se ha presentado la necesidad de la instrucción, para que esta instrucción no se convierta en un peligro, así también sabrán reorganizar la escuela en conformidad con los nuevos datos de la ciencia para que nada pueda amenazar su supremacía. En este como en otros terrenos plantea la crítica a la utilización de a ciencia sin llegar a la crítica de esta ciencia como fruto de un determinado sistema de producción. Pero no sería lógico pedirle a Ferrer i Guardia lo que al propio marxismo le ha sido difícil de formular. Otro aspecto importante del pensamiento de Ferrer i Guardia cuando dirige su crítica al Estado como centro de poder es su antimilitarismo. A esta postura de ataque al aparato militar le da la forma de denuncia de lo que supone la exaltación del patriotismo y de las hazañas bélicas, como cuestiones ajenas al pueblo que sufre sus consecuencias a la vez que son un factor de alienación. Esta postura no tiene un contenido meramente ideológico porque recoge la necesidad de oponerse al papel preponderante que iba tomando el ejército en España después de la pérdida de las colonias. La función real del ejército, una vez terminada su misión colonial, era la de salvaguarda de la oligarquía dominante en el interior, pero la cobertura patriótica que la justificaba era la guerra de Marruecos. El antimilitarismo de Ferrer i Guardia, a la vez que participa de la crítica libertaria europea a la consolidación de los estados nacionales, apunta a problemas fundamentales que tienen planteados las clases trabajadoras en el país, aunque luego sólo pueda ofrecer como instrumento de su resolución la lucha ideológica y la esperanza de una acción pedagógica. A esta falta de instrumentos para un proyecto político global que caracteriza al movimiento obrero de la época, no es ajena la posición economicista derivada de la II" Internacional, y la táctica gradualista de la social-democracia en la ocupación de los aparatos de poder burgueses. Por esta razón, la crítica y el rechazo de las instituciones sociales existentes. parlamento, ejército, escuela, eran considerados por sectores del proletariado, como elementos básicos de concienciación, que contribuían a la emancipación de la clase trabajadora y estaban destinados a conseguir alternativas autónomas. Ferrer i Guardia ni siquiera cita explícitamente elementos organizativos sobre los que sostener tales alternativas, pero hallamos en su obra una clara influencia del sindicalismo revolucionario francés que suponía un intento de autoorganización de los trabajadores tras unos objetivos de acción política. En el Boletín de la Escuela Moderna las únicas propuestas aparecen en este sentido. Hallamos textos de Laurin, Yvetot, Lagardelle Grandjouan, que situando a los maestros como asalariados les llaman a participar en este movimiento a la vez que plantean reivindicaciones concretas en cuanto a salario, número de alumnos por aula, textos, prolongación de los estudios, y todo ello en relación a la educación de los hijos del proletariado. En España, Anselmo Lorenzo recomienda también en el mismo Boletín de la Escuela Moderna seguir las iniciativas de la CGT que propugnaba la creación de instituciones pedagógicas controladas por los mismos obreros como una extensión de las Bolsas de Trabajo. No podemos limitarnos a ver en ello una sobrevaloración de la función pedagógica derivada del ideario libertario de Kropotkin, tal proyecto responde al planteamiento de que la clase obrera precisa de unas instituciones que le sean propias como preparación a una acción revolucionaria y como medio de ejercer un poder de clase completamente distinto que, transformando las relaciones de producción y de poder, garantizasen la derrota del "antiguo orden". |
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| Modificado el ( martes, 04 de marzo de 2008 ) |
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(Publicado en Cantabria Republicana, marzo de 2008)


