Lo colgamos hace ya mucho tiempo, pero sigue
siendo uno de nuestros artículos más leídos. Fué publicado
originalmente en la revista "Tiempo de Historia", pero en aquellos años
estaban muy mal vistas ciertas cosas por muchos de los que hoy se
agarran a la memoria histórica como a un salvavidas de supervivencia.
Cosas como denunciar las maniobras reformistas del franquismo, como
recordar que la monarquía de Juan Carlos I tenia ( y tiene ) los
cimientos insertos en un pasado histórico de brutalidad y represión sin
parangón. Cosas como reivindicar la bandera tricolor como símbolo del
último régimen legítimo.
Porque estaremos
todos de acuerdo en que también es "memoria" histórica recordar que en
muchas manifestaciones sus portadores fueron agredidos, y la bandera
republicana arrancada de sus manos, y no por la policia ni por los
fascistas. O recordamos todo o el juego languidece...
Pero lo importante es que ese artículo ha sido a lo largo de los meses
muy leído, y eso es una buena señal. Pero no dejemos sólo su lectura en
un ejercicio de rabia e impotencia, porque resulta que si nos ponemos
enfermos y estamos en Burgos, nos llevarán a un hospital que no lleva
el nombre de un reputado científico, médico o investigador, sino que
lleva el nombre de un militar traidor, el general Yagüe, un asesino
terrorista y genocida que, como tantos otros, no tuvo su Nüremberg.
Saquemos de su lectura conclusiones, y será entonces cuando la memoria
histórica sirva para algo
Articulo realizado por Rafael Tenorio y publicado en Tiempo de Historia en 1979
La ciudad de
Badajoz tenía, en agosto de 1936, 40.000 habitantes y estaba defendida
por tres o cuatro mil hombres. Unos tres mil milicianos sin preparación
militar y de entusiasmo desigual y 500 soldados que tenían que hacer
frente a dos columnas de mil quinientos hombres cada una, al mando del
teniente coronel Yagüe. El armamento de los atacantes y su organización
eran infinitamente superiores a todo lo que podía ofrecer para su
defensa la ciudad de Badajoz. Además, la aviación alemana e italiana
acudieron en auxilio de Yagüe (parece ser que los Ju-52 despegaron de
aerodromos portugueses y también que algunas tropas de Yagüe se
infiltraron por la raya de Portugal para sorprender a los republicanos
por la espalda).
EL día 11 de agosto, la columna
de Tella se apoderó de Mérida, cortando el ferrocarril y la carretera
de Madrid-Badajoz, lazo de unión de esta última con el resto de España.Entonces
Yagüe tomó las columnas de Castejón y de Asensio -cada columna se
componía de una Bandera del Tercio (800 hombres); un Tabor de regulares
(600 hombres); una o dos baterías; fuerzas de ingenieros y servicios
complementarios; cada columna llevaba detrás pelotones de requetés,
falangistas o simplemente voluntarios de derechas que actuaban como
policía política en el terreno conquistado- y se dirigió hacia la
capital extremeña, donde llegó el 13 de agosto.
Pero el día 12 la ciudad fue bombardeada por los aires y empezaron las
deserciones en masa. El día 13 Badajoz estaba sin luz eléctrica y
rodeada de enemigos por todas partes. Sólo conservaba sus murallas del
siglo XVIII, defendidas por grupos de milicianos y de soldados.
Por la tarde del día 13, Castejón lanzó a sus hombres contra las
murallas de la ciudad. Se combatió en varios sectores: Puerta del
Pilar, Fuerte de la Pardalara, Puerta de la Trinidad, por donde atacó
Asensio, y Cuartel de Menacho. El comandante Alonso y los milicianos
rechazaron con fuego de ametralladoras el primer asalto. La guardia
civil de Badajoz aprovechó la confusión del combate para sublevarse por
la espalda. Los tiroteos internos no cesaron en toda la noche.
Al amanecer del día 14, la artillería rebelde abrió fuego contra las
murallas de Badajoz. Este intenso bombardeo duró varias horas y
destrozó las murallas y las viviendas de los alrededores. Alvarez del
Vayo asegura que el armamento venía directamente de Portugal en
camiones.
Por la tarde recomenzó el asalto por las brechas que había abierto la
artillería. Las tanquetas de la columna de Asensio forzaron la Puerta
de la Trinidad, derruida por los impactos, y los legionarios se
lanzaron de nuevo al asalto; el fuego de las ametralladoras volvió a
parar de nuevo sus grandes impulsos y a ocasionarles numerosas bajas. A
pesar de las grandes pérdidas -127 en el primer momento-, los
legionarios de la 16 compañía echaron pie en la ciudad y establecieron
los primeros escalones para su conquista.
A las cuatro de la tarde, los rebeldes dominaban ya gran parte de la
ciudad, pero la lucha callejera continuaba, y continuará hasta el
anochecer. En la catedral se refugiaron cincuenta milicianos y pelearon
hasta quedarse sin municiones; luego fueron capturados y ejecutados
ante el altar mayor -pese a que se ha dicho que se suicidaron, la
verdad es que fueron ejecutados a los pies del altar mayor por los
legionarios.
El teniente coronel Yagüe pudo liberar a 380 prisioneros políticos de
derechas, que se encontraban en la cárcel sanos y salvos.
Los fascistas han tenido siempre la fea y cobarde costumbre de negar la
existencia de sus crímenes. Con la caída de Badajoz se cometió una
matanza feroz que, a pesar de haber sido reconocida por su promotor el
teniente coronel Yagüe, ha sido siempre considerada como inexistente y
como mera propaganda republicana.
Sin embargo, hubo dos matanzas en Badajoz de gente humilde y nada ha
podido justificar este horrendo crimen. Las matanzas de Badajoz parecen
ser las más caprichosas y sanguinarias que se hayan perpetrado en la
guerra. El 14 de agosto de 1936, los hombres del teniente coronel Yagüe
se apoderaron por la fuerza de Badajoz y, horas más tarde, el último
foco de resistencia de la catedral cayó en poder de los legionarios. Inmediatamente
después sucedió la primera matanza. Los moros, sueltos como perros
rabiosos y armados hasta los dientes ,
cayeron sobre la ciudad martirizada y asesinaron alevosamente a todo
aquel que se aventuraba a salir a la calle. Cayó mucha gente inocente,
mujeres indefensas, hombres que no habían combatido, niños y ancianos.
Hubo quien murió acuchillado simplemente por llevar un reloj o una
cadena de oro que despertaba la codicia de los mercenarios moros al
servicio del fascismo español. En Badajoz se vieron cadáveres con
cuchillos clavados hasta la empuñadura. Las cifras que puedan avanzarse
pecan desde su origen, ya que nunca se han hecho estadísticas de los
muertos de Badajoz. No obstante, se ha hablado de un millar de muertos
en la primera jornada. Y este crimen lo hicieron los moros y los
legionarios.
Algunos oficiales alemanes, al servicio del general Franco, se dieron
el gusto de fotografiar cadáveres castrados por los moros, y fue tal la
sacudida de espanto que produjeron los cadáveres castrados, que el
general Franco se vio en la obligación de mandar a Yagüe que cesaran
las castraciones y los ritos sexuales con el enemigo muerto. Sin
embargo, en Toledo, mes y medio después, también encontraremos
cadáveres castrados, y en diciembre, en los combates alrededor de
Madrid, también habrá cadáveres de internacionales castrados por los
moros o los legionarios. La segunda matanza sucedió cuando Yagüe hizo
acopio de prisioneros -la mayoría civiles- que había recogido por toda
la provincia castigada o que le había entregado el caballero cristiano
Antonio de Oliveira Salazar, sabiendo éste perfectamente que los
entregaba a un verdugo.
Hubo también un grupo de oficiales rebeldes que entraron en Portugal
-en la ciudad de Elvas y sus inmediaciones- a buscar refugiados para
llevárselos a las trágicas arenas de la Plaza de Toros de Badajoz,
donde pensaban dar un festival de sangre como no se había visto nunca
en el mundo. Entre los refugiados capturados había también numerosos
civiles que no habían participado en los combates por edad o
temperamento y heridos que serían fusilados en la ignominiosa ceremonia
de la Plaza de Toros.
Las tropas victoriosas amontonaron a los prisioneros y, sin establecer
responsabilidades o buscar a los culpables, los ejecutaron. Sacaban a
las víctimas por la puerta de caballos y los dejaban en el ruedo sin
defensas. Las ametralladoras habían sido fijadas en las contrabarreras
del toril. Para este espectáculo hubo entradas e invitaciones, a él
acudieron señoritos de Andalucía y de Extremadura, terratenientes
sedientos de venganza y falangistas de reciente camisa; también
acudieron mujeres. Allí fueron sacrificados milicianos, soldados,
hombres de izquierda, campesinos sin partido, jornaleros, pastores y
sospechosos. Las arenas quedaron rojas y húmedas de sangre.De nuevo
podrían citarse varias cifras, aunque siempre pecarían por los mismos
motivos que ya hemos citado más arriba. El periodista norteamericano
Jay Allen, que entró en Badajoz poco después, dijo que hubo 1.800
ejecuciones en las primeras doce horas y oyó decir a oficiales rebeldes
que había habido 4.000 ejecuciones en total.
Hugh Thomas, que estudió el caso más de veinte años después, cree que
la cifra de víctimas está más cerca de 200 que de 2.000. Thomas es el
único que avanza una cifra tan pequeña, que ni siquiera Yagüe sé ha
atrevido a reducir.César M. Lorenzo
dice que hubo, aproximadamente, mil quinientas ejecuciones. Manuel
Tuñón de Lara avanza la cifra de mil doscientos, antes del 15 de
agosto. Ricardo Sanz menciona a más de tres mil antifascistas
ejecutados. El filósofo cristiano Jacques Maritain protestó contra el
crimen de cientos de hombres, y James Cleugh, que simpatizaba con los
rebeldes, dijo que hubo dos mil ejecuciones.
De
todos modos, importan menos las cifras que lo que simbolizan.
Doscientos o cuatro mil, ¿qué importa? -ha pasado tanto tiempo-; lo que
realmente cuenta es el hecho de matar colectivamente a gente indefensa.
Este hecho no pierde su trágico contenido porque la cifra sea más o
menos reducida. Por primera vez en la historia de España, un ejército
mandado por oficiales y jefes españoles entraba en una ciudad española
y cometía una carnicería monstruosa, castrando cadáveres, apuñalando
heridos y mujeres, ametrallando a gente indefensa en las arenas de la
Plaza de Toros. Y todo eso delante de varios periodistas extranjeros,
que entraron en la ciudad poco después que los moros y los legionarios
y que divulgaron amplias noticias de esta hecatombe sin precedentes.
Esta vez los rebeldes se dieron cuenta del poder que ejercía la prensa
en la opinión pública, y fue entonces cuando decidieron atajar el mal
que ellos mismos habían engendrado con su barbarie.
En Badajoz entraron, por lo menos, cinco periodistas: Jacques Berthet,
de Le Temps; Mario Neves, del Diario de Lisboa; otro francés llamado
Marcel Dany, de la Agencia Havas; el norteamericano John T. Whitaker,
del New York Herald Tribune; el fotógrafo y camerógrafo francés René
Bru y, poco más tarde, Jay Allen, del Chicago Tribune y del News Chro-
nicle. También logró entrar un corresponsal de la United Press, que no
ha sido todavía identificado. Todos ellos hablaron de las matanzas de
Badajoz.
El domingo 16 de agosto, Le Populaire y Le Temps, en primera plana, y
Le Figaro y Paris-Soir, en la página tres, anunciaron los sucesos de
Badajoz.
"LOS FASCISTAS ASESINAN A LA POBLACION DE BADAJOZ"
era el título de Le Populaire, que poseía la información del envíado de
la Agencia Havas, y en su comunicado se pueden leer cosas como éstas:
La sangre corre por las aceras. Los legionarios y los moros continúan
ejecutando en masa, Barrios enteros están en llamas y el número de
víctimas, mujeres, niños y ancianos es innumerable. En los pueblos de
los alrededores las tropas han pasado por las armas a todos los que
eran fieles al Gobierno, Están teniendo lugar ejecuciones én masa, Los
cadáveres cubren el suelo, En la plaza del Ayuntamiento yacen los
partidarios del Gobierno que fueron ejecutados contra el muro de la
catedral, La sangre corre por las aceras. Por todas partes se
encuentran charcos coagulados.
Jacques Berthet
escribía para Le Temps del 16 de agosto: Se mata por las calles,
ejecuciones en masa, imágenes de un horror sombrío, numerosas
ejecuciones han tenido lugar en el campo de don Juan. En Le Fígaro
apareció la crónica detallada del enviado de la Agencia Havas: Los
medios militares (rebeldes) estiman que varios centenares de
gubernamentales han sido fusilados. Alrededor de mil han sido hechos
prisioneros. Las autoridades insurgentes examinan actualmente sus casos
.
Le Populaire del lunes 17 de agosto titulaba en primera plana: Mil
milicianos han sido fusilados en Badajoz por los fascistas. Ese mismo
lunes 17, Le Temps publicaba una crónica de Jacques Berthet, en la que
éste daba detalles de la lucha y de la represión en Badajoz: En estos
momentos -escribía el 15 de agosto a las 22,30- alrededor de mil
doscientas personas han sido fusiladas (...) Hemos visto las aceras de
la Comandancia Militar empapadas de sangre (...) Los arrestos y las
ejecuciones en masa continúan en la Plaza de Toros.. Las calles de la
ciudad están acribilladas de balas, cubiertas de vidrios, de tejas y de
cadáveres abandonados. Sólo en la calle de San Juan hay trescientos
cuerpos (...).
El teniente coronel Yagüe,
comandante en jefe de las tropas que operaban en el sector de Badajoz,
declaraba satisfecho al representante de Le Temps: Es una espléndida victoria. Antes de avanzar de nuevo, y ayudados por los falangistas, vamos a acabar de limpiar Extremadura.
El día 17 escribía Henri Danjou para Paris Soir: Las fuerzas del Tercio hacían blanco sobre los cadáveres. Había varios centenares, a los cuales se empezaba ya a dar sepultura.
Le Populaire publicaba, el martes 18, la siguiente noticia: El número de personas ejecutadas sobrepasa ya los mil quinientos.
La noticia procedía de la ciudad de Elvas, y decía así:
Elvas,
17 de agosto. Durante toda la tarde de ayer y toda la mañana de hoy
continúan las ejecuciones en masa en Badajoz. Se estima que el número
de personas ejecutadas sobrepasa ya los mil quinientos. Entre las
víctimas excepcionales figuran varios oficiales que defendieron la
ciudad contra la entrada de los rebeldes: el coronel Cantero, el
comandante Alonso, el capitán Almendro, el teniente Vega y un cierto
número de suboficiales y soldados. Al mismo tiempo, y por decenas, han
sido fusilados los civiles cerca de las arenas.
Ese mismo día 17, Jacques Berthet escribía para Le Temps del martes día 18:
Los arrestos y las ejecuciones en masa continúan (...) Está prohibida la circulación después de las 21 horas.
Berthet también contaba que las mujeres hacían cola para indagar por el
destino de sus padres, maridos y hermanos, y que los servicios
municipales lavaban las numerosas manchas de sangre del asfalto.
Y el martes 18 de agosto publicaba François Mauriac, de la Academia
francesa, en la primera plana de Le Figaro, su famoso artículo sobre
Badajoz. No quedaba ya la menor duda de que en Badajoz había ocurrido
una matanza despiadada en dos turnos.
El caso de Mario Neves y del Diario de Lisboa merece renglón aparte.Mario Neves, como
su diario y su Gobierno, era favorable al alzamiento y el periódico
estaba sometido a la censura del Gobierno portugués, que participaba
activamente en la guerra civil española. El sábado 15 de agosto, Mario
Neves escribía: Escenas de horror y desolación en la ciudad
conquistada por los rebeldes, Acabo de presenciar un espectáculo de
desolación y de espanto que no se apagará de mis ojos, Junto a las
paredes de la Comandancia Militar, la calle está salpicada de sangre,
En las arenas se ven algunos cadáveres, En la nave central (de la
catedral) dos cadáveres aguardan todavía la sepultura, Le preguntamos
(a Yagüe) si había muchos prisioneros. Nos responde que sí (...). -Y
fusilamientos... decimos nosotros. Parece ser que ha habido dos mil...
El comandante (sic) Yagüe (...), sorprendido con la pregunta, declara:
-No deben ser tantos (...).
Estas notas redactadas nerviosamente (...) no conseguirán dar una
pálida idea del espectáculo de desolación y de horror que han visto mis
ojos (...).
Un gran silencio envuelve a toda la ciudad, que acaba de despertarse de una pesadilla tremenda.
El domingo 16 de agosto, Mario Neves publitaba otro artículo en el Diario de Lisboa:
La
justicia militar prosigue con inflexible rigor. Desde ayer centenares
de personas han perdido la vida en la capital extremeña. Y no ha habido
tiempo para darles sepultura, En este país se nota ahora una atmósfera
de desconfianza, Se afirmaba en Elvas, ayer, que la Plaza de Toros ha
sido transformada ahora en prisión, y que están teniendo lugar
numerosos fusilamientos, Después de algunas dificultades, conseguimos
entrar en la arena. Algunas decenas de presos aguardan que les den
destino. Pero la plaza no tiene aspecto diferente del que observamos
ayer, lo que nos hace suponer que el rumor no tiene fundamento, En el
patio próximo a las caballerías (del cuartel de la Bomba) se ven muchos
cadáveres causados por la inflexible justicia militar, Pasamos luego
por el foso de la ciudad que está con montones de cadáveres: son los
fusilados de esta mañana, En las calles principales ya no se ven hoy,
como se vieron ayer, a primeras horas de la mañana, cadáveres
insepultos. Nos afirman varias personas que nos acompañan que los
legionarios del Tercio v los marroquíes regulares encargados de
ejecutar las decisiones militares deseaban conservar durante algunas
horas los cadáveres en exposición, en tal o cual punto, para que el
ejemplo produzca sus efectos.
Y Mario Neves,
pese a ser un gran periodista, era favorable a los rebeldes, como
favorable a los rebeldes era todo el Portugal oficial. Sin embargo, con
lo que él nos dice ya podemos figurarnos que hubo una gran matanza -la
del 14-15 de agosto-, aunque Neves no concede crédito a la matanza de
la Plaza de Toros, pero nos dice que había decenas de prisioneros
agrupados en espera de destino. Su destino será la ejecución en las
arenas de la Plaza de Toros poco después, cuando Mario Neves no esté ya
en Badajoz.
El fotógrafo francés René Bru fue detenido por haber filmado los
cadáveres que yacían por las calles y los prisioneros que ingresaban en
masa en la Plaza de Toros, y pasó varias semanas en la prisión de
Sevilla. Luego, René Bru fue liberado y expulsado de la zona rebelde,
pero sus películas y sus fotos se quedaron en poder de los rebeldes.
¿Dónde están ahora esos documentos, tan útiles para enseñar al mundo lo
que fue la barbarie franquista?
John T. Whitaker y el corresponsal de la United Press comunicaron que las ejecuciones eran numerosísimas.
Por ultimo, el 30 de agosto apareció en el Chicago Tribune el famoso
artículo de Jay Allen, que relataba en un estilo crudo y apasionado
matanzas de Badajoz. Allen entró en la ciudad poco después de su caída,
pero conocía bien Badajoz y hablaba castellano correctamente. Los
alzados, sorprendidos por el eco de los artículos, se apresuraron a
buscar a los responsables. Mario Neves tuvo que retractarse y negó la
existencia de las matanzas que, pocos días antes, le habían llenado de
desolación y horror. La Agencia Havas afirmó que un corresponsal suyo,
cuyo nombre guardaba en el anonimato para protegerle -era Marcel Dany-
había visitado Badajoz, inmediatamente después de su caída. La United
Press tuvo que hacer frente a un engorroso problema. El comunicado se
había publicado con la firma de Reynolds Packard, y Packard fue
molestado por las autoridades rebeldes. Packard negó haber enviado
ningún escrito o comunicado sobre las matanzas de Badajoz, y negó
también haber entrado en Badajoz cuando la ciudad fue tomada por Yagüe
o cuando sucedieron las ejecuciones. La United Press negó oficialmente
que Reynolds Packard hubiese escrito el comunicado, pero no desmintió
nunca su contenido.
El comandante McNeill-Moss armó mucho ruido, en su día, buscando
agencias y comunicados que testimoniaran de las matanzas de Badajoz. A
él se encomiendan, entre otros, Brasillach y Bardéche para negar la
autenticidad de los hechos. Para el estudio del personaje McNeill-Moss
habrá que remitirse al historiador norteamericano Herbert Rutledge
Southworth, que nos ha evitado la molestia de estudiarlo, haciéndolo él
de un modo insuperable. McNeill-Moss había leído las tres crónicas
principales de las matanzas: las de los periodistas franceses Jacques
Berthet y Marcel Dany y la de Mario Neves. Como la del portugués, por
sus gustos y la censura de su país, no coincide con la de los franceses
-aunque coinciden en muchos puntos-, el comandante McNeill-Moss asegura
que los franceses mentían.
En lo que se refiere al artículo que llevaba la firma de Reynolds
Packard, y que fue divulgado por United Press, ya hemos dicho que la
agencia y Packard negaron que éste se encontrara en Badajoz, pero la
United Press no dijo nunca que el artículo fuese un embuste y defendió
su contenido. Habría que saber quién lo escribió, ya que su contenido
está respaldado por la prestigiosa agencia de noticias, y es difícil
creer que la agencia divulgara noticias de tal importancia sin saber su
procedencia. A pesar de todo esto, que sigue militando en favor de la
existencia de las ejecuciones, está el artículo de Jay Allen; lo que ha
escrito John T. Whitaker; lo que ha publicado Arthur Koestler, que
estudió el asunto; la investigación que hizo Hugh Thomas, veintitrés
años después, y la investigación que yo he hecho cuarenta años después.
Para terminar el asunto, quisiera señalar la opinión de Zugazagoitia,
que sabía todo lo que había ocurrido por las confesiones de varios
refugiados y del coronel Puigdengolas, pero que no puede creer que sea
la obra del teniente coronel Yagüe. Zugazagoitia dice:
A la rendición de los republicanos siguió una represalia colectiva de
la que se hizo personalmente responsable, no sé bien con qué
fundamento, al general Yagüe (entonces era sólo teniente coronel) (...)
Dudo mucho, conociendo la posición política de Yagüe, que le alcance
responsabilidad en semejante carnicería humana. Ella pudo haber sido la
obra de la exclusiva iniciativa de algunos jefes de la guardia civil
que, derrotados por los republicanos y perdonadas sus vidas, se
dedicaron a madurar un odio monstruoso que había de fructificar en las
matanzas del coso taurino (...) Y Yagüe, de quien yo no sospecho culpa,
debería ayudar al esclarecimiento de un crimen que se encarnizó con
hombres que, año tras año, nos habían dado a todos el trigo para
nuestro pan (1).
Pero el teniente coronel -y más tarde general- Yagüe ha respondido
personalmente ante la Historia por lo menos dos veces de la gran
responsabilidad que le incumbe. La primera, ya lo hemos visto, fue
cuando Mario Neves le preguntó si había habido dos mil ejecuciones y
dijo que no creía que fueran tantas. La segunda fue cuando el
periodista John T. Whitaker, alarmado por lo que le contaba su colega y
amigo Jay Allen, se presentó ante Yagüe y le preguntó si era verdad que
habían sido asesinados varios miles de personas. Y el teniente coronel
Yagüe respondió sonriendo:
Naturalmente
que los hemos matado. ¿Qué suponía usted? ¿Iba a llevar 4.000
prisioneros rojos con mi columna, teniendo que avanzar contra reloj? ¿0
iba a dejarlos en mi retaguardia para que Badajoz fuera rojo otra vez? (2).
La declaración de Yagüe es perfectamente válida. Las tropas rebeldes se
movían en un territorio donde no gozaban de simpatías, y si querían
moverse con seguridad tenían que cometer genocidios periódicamente.
Pero confesar públicamente estas matanzas, siendo como él era el
militar al mando de la tropa y el responsable de las operaciones, es
también confesar su propia responsabilidad. Siento estar en desacuerdo
con Zugazagoitia, máxime a propósito de Juan Yagüe, que fue el militar
más prestigioso y el que más hondamente sintió la tragedia española de
todos los alzados: pero si no era Yagüe, entonces ¿quién era? Resulta
muy difícil creer que los guardias civiles se hicieron dueños de la
Plaza de Toros y asesinaron a tanta gente sin contar con la aprobación
del teniente coronel Yagüe.
Es más fácil repetir con Luis Quintanilla, y con el mismo Yagüe, que
las matanzas de Badajoz tienen un responsable y que ese responsable se
llama Juan Yagüe.
Rafael Tenorio- Tiempo de Historia
(1) Julián Zugazagoitia, Guerra y vicisitudes de los españoles,
Librería española, París, 1968, dos volúmenes, tono I,
p.124-125.
(2) John T. Whitaker, We cannot escape history, Macmillan, New York,
1943, p. 113. Citado en H. R. Southworth, El mito de la cruzada de
Franco, Ruedo Ibérico, París, 1963,p. 123.
También para lo esencial, John T. Whitaker, Prelude to world war.
Foreign relationa, octubre 1942. Citado por los comunistas, Guerra y
Revolución en España, Ediciones Progreso, Moscú, tomo 1, p. 290.
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